Agua tibia: una mañana en Laodicea

Redacción

Este articulo fue redactado por Zübeyir Kılınç, director de Travione Global con sede en Denizli, Turquía, en el centro de la región de las siete iglesias.


Nuestra oficina está a diez minutos de una de las siete iglesias que nombra el Apocalipsis. Hierápolis queda veinte minutos más allá; el montículo de Colosas, a media hora. En el capítulo cuarto de la Carta a los Colosenses, Pablo menciona las tres ciudades juntas (Col 4,13) y pide que su carta se lea también en Laodicea (Col 4,16).

Para mí eso no es un dato turístico. Cada mañana, camino al trabajo, atravieso un versículo, y después de diez años todavía no he conseguido que se me vuelva costumbre.

Se dice que uno deja de ver aquello que tiene delante todos los días. Mi experiencia ha sido la contraria: cuanto más lo veo, mejor entiendo lo callado que este lugar permanece para quien viene de lejos.

Lo primero que hubo aquí fue una voz

Las cartas que hoy sostenemos en las manos no se escribieron para ser leídas, sino para ser oídas. Los textos que llegaban a Colosas, a Laodicea, a Éfeso se leían en voz alta en medio de la asamblea; la mayoría de quienes escuchaban no sabía leer. Detenerse junto a una piedra y recorrer el texto en silencio es, en rigor, ajeno a la forma original de ese texto.

Quien no ha oído, una mañana, cómo suenan unas pocas líneas leídas en voz alta entre las ruinas de Laodicea, no ha llegado del todo hasta aquí. Cuando el viento baja, la voz se queda sobre la piedra. Lo difícil es describirlo; lo sabe el que ha estado.

El agua tibia

Lo que el Apocalipsis le dice a Laodicea es duro: ni frío ni caliente, apenas tibio.

La imagen tiene detrás una geografía real. Veinte minutos al norte, el agua hirviente de Hierápolis todavía humea sobre las terrazas blancas. Hacia el sudeste, al pie del monte Honaz, las fuentes de Colosas eran frías. Laodicea, en cambio, no tenía agua propia: la traía desde manantiales situados al sur, por un acueducto cuyo trazado ha sido seguido por la arqueología, en tuberías de barro que se conservan calcificadas por dentro.

Desde el siglo XIX, los comentaristas leen la frase como un golpe dirigido a la propia ciudad: no eres el calor que sana ni el frío que alivia, eres un agua que pierde su condición en el camino. No falta quien discute la lectura: el especialista Craig Koester señala que algunos visitantes antiguos elogiaban el agua de Laodicea. El dato indiscutible duele igual: una ciudad orgullosa de su riqueza importaba hasta el agua.

Pensada una mañana en Denizli, junto a los restos del acueducto, esa frase deja de ser una nota al pie. Me doy cuenta de que el texto no me habla a mí: le habla al suelo que estoy pisando.

La tumba de Felipe

La estructura de la imagen parece corresponder a la supuesta tumba del apóstol Felipe, descubierta en el año 2011 por una misión arqueológica italiana en las ruinas de la antigua ciudad de Hierápolis (actual Pamukkale, en Turquía)

Hierápolis está justo encima de los travertinos. En la colina se levanta el martyrium de Felipe, y junto a él hay una tumba romana del siglo I que la misión arqueológica italiana identificó en 2011 como la del apóstol. La identificación no es pacífica —los especialistas siguen discutiendo si el Felipe enterrado aquí fue el apóstol o el evangelista de los Hechos— y las reliquias ya no están, pues la tradición las sitúa en Constantinopla desde el siglo VI. El lugar de la memoria, eso sí, sigue siendo este.

Cada día miles de personas caminan sobre las aguas blancas al pie de la colina donde, según la tradición, Felipe terminó sus días. La mayoría se marcha sin saber qué hay arriba. No lo digo como una carencia, sino como un silencio: hay una tumba, y la multitud que camina debajo no la conoce.

Quienes suben, además, suelen subir solos. La escalera es empinada, hay poca sombra, y al llegar arriba casi siempre no hay nadie. Quedarse a solas junto a la tumba de un apóstol es, en esta región, una posibilidad fácil de conseguir y rara vez buscada.

La lengua que volvió

Colosas está hoy en el distrito de Honaz y permanece, en su mayor parte, sin excavar. Como no es un sitio con entrada, tampoco se lleva registro de visitantes.

En el barrio de Hisar, en ese mismo distrito, viven los descendientes de las familias que llegaron de Grevena con el intercambio de poblaciones de 1923. Un siglo después conservan su cultura, y entre ellos se ha seguido hablando griego.

Conviene detenerse un instante. En el distrito actual de la ciudad a la que Pablo escribió una carta en griego, esa misma lengua todavía se oye, y no por la comunidad que llevó el texto, sino por otra enteramente distinta, llegada diecinueve siglos después y en sentido inverso. (Tarso: la ciudad que dio al mundo a Pablo)

Ese barrio no es un escenario: es la casa de unas personas, y debe seguir siéndolo. Pero pasar por un lugar sabiéndolo no es lo mismo que pasar sin saberlo. En el segundo caso el camino se acorta; en el primero, se hace hondo.

Vestiduras blancas y colirio

Hay otra frase dirigida a Laodicea: compra vestiduras blancas para cubrirte, compra colirio para ungir tus ojos.

Los comentaristas suelen leer aquí otra ironía local. Laodicea fue célebre por sus tejidos de lana negra y por su escuela de medicina, donde se preparaba un colirio a partir del llamado polvo frigio. El texto le ofrecería, entonces, justo lo que la ciudad producía, para decirle que eso no le servía.

En esta misma tierra la tradición textil no se ha interrumpido. El tejido de Buldan continúa, y parte de los telares siguen dentro de las casas. Para un peregrino eso significa algo concreto: la industria que aparece en el texto sigue trabajando a treinta kilómetros.

La mesa y el silencio

Lo que queda en la memoria, en esta región, casi nunca es la piedra.

La mesa de un productor de los viñedos de Çal o de Güney. Una fonda de barrio, abierta al mediodía, que no espera autobuses. El vaso que una mujer, recién llegada del horno con su pan, ofrece en la puerta. Nada de eso es un punto de venta: es la vida propia de la ciudad, y al huésped se lo admite en ella por un rato.

Para un peregrino que viene de lejos —para un grupo que ha volado quince o veinte horas desde América Latina— la huella que deja una hora en una mesa no es menor que la que dejan unas ruinas. La memoria registra el lugar no sólo con los ojos, sino con el sabor, el olor y el rostro que encontró.

Y esto no sustituye al culto. Se le añade. La peregrinación se basta por sí misma como motivo, y nadie debería diluirla dentro de un programa cultural.

Lo que no entra en un itinerario

Llevar a alguien de paseo es fácil. Autobús, hotel, entradas: mucha gente puede hacerlo, y lo hace bien.

Lo difícil es otra cosa: disponer el silencio y el tiempo que hacen falta para que quien llegue pueda rezar aquí. Estar en el lugar correcto a la hora correcta. Quedarse quince minutos dentro de unas ruinas después de que la multitud se haya ido. Sentarse a una mesa sin que nadie apure.

Nada de eso figura en un itinerario, y sin embargo es lo que la gente se lleva a casa.

Pamukkale, tal como aparece en el mapa, es sólo la imagen de este lugar. La ciudad que hay debajo —la tumba de Felipe, el montículo de Colosas, los telares de Buldan, el griego de Hisar— no sale en la postal. Y al final vuelve siempre el agua: una mañana cualquiera, junto al acueducto, con el sol de invierno todavía bajo.


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