En el corazón del Somontano, la Catedral de Barbastro y el Santuario de Torreciudad dialogan a través de un mismo material, el alabastro, uniendo la sobriedad gótica con el monumentalismo del siglo XX.
El paisaje del Somontano cambia con una lentitud dramática a medida que las llanuras tapizadas de viñedos —cuna de la Denominación de Origen Somontano desde 1984— ceden ante los primeros pliegues abruptos del Prepirineo aragonés en Huesca.
En este territorio de transiciones geográficas, la piedra y la luz configuraron un itinerario espiritual. Aquí la sobriedad medieval y el monumentalismo del siglo XX dialogan a través de un material común: el alabastro.
Barbastro, histórica sede episcopal. El Santuario de Torreciudad, erigido sobre los riscos que dominan el río Cinca. Ambos trazan un eje de devoción que desafía el paso del tiempo.
[Aragón con Álma: El Legado de Piedra, Barro y Luz en el Antiguo Reino]
Barbastro: cuando el gótico se vuelve ligero
Si te internas en el casco histórico de Barbastro, tus propios pasos te llevan de forma natural hacia la Catedral de Santa María de la Asunción. Ella es una obra cumbre del gótico tardío renacentista edificada entre 1517 y 1533. (Visitamos Barbastro, Para ir Tras Las Huellas de San Josemaría)
Al cruzar el umbral, la sensación de pesadez pétrea se disipa de inmediato. El espacio se eleva gracias a seis esbeltas columnas fasciculadas que se abren en lo alto como palmeras de piedra. Esto pilares sostienen unas bóvedas de crucería estrellada de una complejidad geométrica deslumbrante.

Tu mirada, sin embargo, va a ir directo al presbiterio. Ahí resplandece el retablo mayor. Una obra iniciada por el maestro culmen del Renacimiento aragonés, Damián Forment, y concluida tras su muerte por su discípulo Juan de Liceyre.
El banco del retablo, esculpido en alabastro polícromo, muestra una delicadeza casi traslúcida. Presta atención a las escenas de la Pasión. ¿No parecen cobrar vida? Sobre todo cuando la luz de la mañana se filtra por los altos ventanales. En ese momento se encendienden los relieves con un fulgor casi místico que la madera dorada del cuerpo superior no hace más que amplificar.
Como me dijo el guia local: «el alabastro en Aragón no es simple soporte escultórico. Es un receptor de luz que transforma la roca telúrica en una manifestación de la claridad divina«.
Cuándo ir
Para ver el retablo de Damián Forment en su esplendor, llegá a la Catedral de Santa María de la Asunción entre las 9:30 y las 11:00. Es el momento en que la luz del sol incide directamente sobre el alabastro y enciende los relieves.
Lo que no te podes perder
Aquí, mirá con atención el basamento del retablo mayor. Ahí están los rostros de los propios mecenas y detalles de fauna local que Forment dejó escondidos entre las escenas sagradas. Son pequeñas firmas de realismo renacentista que el tiempo no borró.
Torreciudad: el ladrillo que interpreta la montaña
Si dejas atrás la capital del Somontano y sigues hacia el norte, el agua turquesa del embalse de El Grado contrasta con la aridez de las crestas calcáreas. Ahí, desafiando el abismo, se alza el Santuario de Torreciudad, inaugurado en 1975 por impulso de san Josemaría Escrivá de Balaguer. (¿Dónde está el santuario de Torreciudad?)
El diseño del arquitecto Heliodoro Dols rompe con el historicismo tradicional sin perder la raíz del entorno. Verás una colosal estructura de ladrillo aragonés que reinterpreta las formas mudéjares y románicas en líneas rectas, audaces y monumentales.

El contraste con la catedral de Barbastro es total en su forma, pero idéntico en su propósito. Adentro, el centro de gravedad es el imponente retablo esculpido por Joan Mayné, también en alabastro. Esta estructura de más de nueve metros de altura abraza y custodia la pieza que dio origen al santuario. Te hablo de la Virgen de Torreciudad. Una talla románica del siglo XI de belleza austera y tez morena que, como viajeros sabemos, recibió durante siglos la veneración de los lugareños en la antigua ermita colgada del acantilado.
La transición de esa devoción medieval e íntima a la escala universal del complejo contemporáneo se materializa justo ahí, en el encuentro entre la madera milenaria y el alabastro moderno.
Cuándo ir
Para Torreciudad, el atardecer. Los 24 kilómetros que separan ambos destinos por la A-138 te dejan llegar al santuario justo cuando el sol poniente tiñe de rojo las fachadas de ladrillo y se refleja en las aguas del embalse de El Grado.
Lo que no te podés perder
Bajo la nave principal de Torreciudad, la Cripta de las Vírgenes alberga más de quinientas imágenes de la Virgen María procedentes de todo el mundo. Es un espacio de silencio que muestra la diversidad iconográfica de una misma fe.
Desde el santuario, un sendero desciende hasta la ermita primitiva del siglo XI donde nació la devoción. Vale el desvío: es el contrapunto íntimo al monumentalismo del complejo moderno.
Un mismo lenguaje, dos escalas distintas
Al dejar atrás los pies del Pirineo, te queda la certeza de que el arte sacro en el Somontano no se limita a la veneración del pasado. Entre las columnas que emulan palmeras en Barbastro. Los muros de ladrillo que se elevan hacia el cielo en Torreciudad. Verás cómo cada época busca su propia escala para rozar lo trascendente. Como se usan los elementos de la tierra para construir, piedra a piedra, un refugio inalterable para el espíritu.
Ten en cuenta esto antes de entrar
Torreciudad es un centro de peregrinación activo: silencio riguroso en la iglesia y las capillas. En ambos templos, hombros cubiertos y rodillas tapadas.
Las fotos: en Barbastro sin trípode ni flash fuera del horario de culto; en Torreciudad, sin capturas en las zonas de sacramentos
por Miguel Cabrera Periodista especializado en turismo religioso
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