Huesca en Piedra y Alabastro: El Silencio de los Reyes y el Aliento del Renacimiento

Miguel Cabrera

El viento del Prepirineo desciende por las calles estrechas del casco antiguo de Huesca, un relieve urbano que resguarda estratos de historia superpuesta. Bajo el pavimento actual yacen los cimientos de la Osca romana. La Wasqa islámica. Y la urbe medieval que se convirtió en uno de los corazones del Reino de Aragón. En este territorio, la arquitectura sacra no solo cumple una función devocional: actúa como el registro material de las transiciones políticas y espirituales de la península.

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San Pedro el Viejo: el templo que sobrevivió al Islam

Este objeto es el sepulcro de Ramiro II de Aragón, el cual es en realidad un sarcófago romano reutilizado del siglo II-III. La pieza está tallada en mármol blanco y presenta una pátina marrón debido a su antigüedad. Huesca
Sepulcro de Ramiro II de Aragón el Monje en un sarcófago romano – Copyright © monestirs.cat

La inmersión comienza en el Monasterio de San Pedro el Viejo, uno de los templos más antiguos y singulares de Aragón. La estructura actual tomó su forma románica definitiva durante el siglo XII bajo la orden benedictina. Pero, registros arqueológicos y la bula del papa Pascual II de 1107 confirman que este espacio albergó el único templo mozárabe que los cristianos conservaron activo durante la dominación musulmana. (Jaca: La Geometría Sagrada y el Primer Aliento del Románico Pirenaico)

Al traspasar la portada norte, coronada por un crismón trinitario sostenido por dos ángeles —un motivo escultórico que evoca la influencia de la cercana Catedral de Jaca—, el espacio se estrecha en tres naves solemnes cubiertas por altas bóvedas de cañón.

El verdadero núcleo de San Pedro el Viejo late en su claustro románico, proyectado hacia 1149. Caminar por sus corredores te permite contemplar un universo teológico tallado en piedra. Un dato: de los 38 capiteles, 18 se conservan completamente originales, mostrando pasajes bíblicos y bestiarios medievales de asombrosa expresividad.

En la galería este se abre la Capilla de San Bartolomé, antigua sala capitular medieval reconvertida en Panteón Real. En la penumbra de esta estancia reposan los restos de dos monarcas cruciales. Alfonso I «El Batallador» y su hermano Ramiro II «El Monje». Este último sepultado en un sarcófago romano del siglo III tras abandonar la vida monástica para asegurar la línea sucesoria del reino. La tradición oral liga este periplo con la cruenta leyenda de La Campana de Huesca.

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La Catedral de Santa María: el alabastro como lenguaje del Renacimiento

A pocos minutos de marcha, ascendiendo hacia la cota más alta de la ciudad, el horizonte arquitectónico cambia drásticamente al divisar la Catedral de Santa María. Su edificación, se inició en 1273 bajo el auspicio de Jaime I el Conquistador. Se concluyó a principios del siglo XVI, se ejecutó sobre la antigua mezquita mayor.

Aunque el templo despliega la esbeltez y los vanos ojivales propios del gótico septentrional, su severidad volumétrica y la sobriedad de sus muros recuerdan la arraigada tradición del románico aragonés.

Este es el Retablo Mayor de la Catedral de Huesca, una obra maestra del Renacimiento español esculpida en alabastro por Damián Forment entre 1520 y 1533
Detalle del retablo de la Catedral de Huesca

Al avanzar hacia el presbiterio, como viajeros sabemos que hay obras que detienen el paso sin necesidad de aviso. El Retablo Mayor es una de ellas. Una obra cumbre del Renacimiento español esculpida en finísimo alabastro por el maestro valenciano Damián Forment entre 1520 y 1533.

El contrato original, custodiado en el Archivo Catedralicio, estipuló que la obra debía conciliar «lo romano» —la simetría y perspectiva del humanismo italiano— con «lo flamenco», visible en la tracería gótica que enmarca las escenas.

Durante trece años, el taller de Forment modeló la fragilidad del alabastro para dar vida a los relieves monumentales de la Pasión de Cristo. Logró una gradación lumínica y una delicadeza en los pliegues que transforman la piedra en un lienzo traslúcido.

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Si quieres vivir la atmósfera mística de San Pedro el Viejo en su plenitud, planificá tu visita alrededor de las 13:30, en un día despejado. A esa hora, la luz solar hace que los vitrales proyecten un intenso juego de colores sobre los muros de sillería del altar. Verás iluminando directamente el capitel de La Candelaria en el claustro.

Para la Catedral, las últimas horas de la tarde te regalan la mejor luz sobre la fachada principal. Cuando el sol poniente acentúa la profundidad de las arquivoltas góticas de la gran portada.

Secretos que esconden estos muros

Estas pinturas murales se encuentran en el Monasterio de San Pedro el Viejo en Huesca. Data de finales del siglo XIII, mostrando escenas bíblicas como el combate de David contra Goliat. Las obras representan un estilo gótico temprano que originalmente decoraba gran parte del templo
En el muro interior del Monasterio se conservan frescos del siglo XIII con escenas de la historia de David, cuyos colores minerales todavía resisten en la penumbra de la nave. Copyright © monestirs.cat

En el Panteón Real del monasterio, detenete a observar el sepulcro de Ramiro II el Monje. Una pieza excepcional de la antigüedad pagana (siglo II) reutilizada en el siglo XII para albergar los restos del rey cristiano.

Al examinar el banco inferior del Retablo Mayor de la Catedral de Santa María, en los frisos circulares laterales, descubrirás dos medallones. El de la izquierda muestra el rostro de Úrsula, hija de Damián Forment. El de la derecha guarda el autorretrato del propio escultor, un gesto audaz de orgullo renacentista escondido en un entorno sagrado.

Antes de entrar

Ambos templos mantienen misas diarias, así que el acceso turístico se interrumpe durante esas horas. Viste con decoro: hombros y rodillas cubiertos.

Puedes fotografiar sin flash ni trípode, para no dañar la policromía medieval ni el alabastro. Y en el claustro y el Panteón Real, el silencio es absoluto.

Un diálogo ininterrumpido entre siglos

Al abandonar el abrigo de los muros de Huesca, queda la certeza de haber transitado por un espacio donde el tiempo no transcurre en línea recta, sino en círculos concéntricos. La persistencia de la fe mozárabe en la roca de San Pedro y la audacia humanista tallada en el alabastro de la Catedral demuestran que el patrimonio sacro oscense es un diálogo ininterrumpido.

Frente a los sepulcros reales o bajo la mirada de las figuras de Forment, encuentras un silencio denso y habitado. Una invitación a contemplar el arte no como vestigio del pasado, sino como espejo de las aspiraciones eternas del espíritu humano.

por Miguel Cabrera Periodista especializado en turismo religioso

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