Las Fiestas de la Magdalena son la fiesta mayor de Castelló de la Plana, declaradas de Interés Turístico Internacional. Se celebran durante nueve días a partir del tercer sábado de Cuaresma para conmemorar el traslado de la ciudad desde la montaña al llano, ocurrido en 1252. Sus ejes más reconocidos son la Romería de les Canyes, el Desfile de Gaiates —monumentos de luz construidos por cada barrio— y la Enfarolà del Fadrí, la iluminación del campanario gótico de la concatedral.
Llegas y la ciudad ya no suena igual. El aire huele a pólvora y a dulce recién hecho. Caminas entre calles encendidas por la música, mientras sientes que cada gesto colectivo —cada caña en la mano, cada farol iluminado— guarda memoria de algo mucho más antiguo que tu. Acá no asistes solo a una fiesta: te sumas a un relato vivo que lleva más de siete siglos pronunciándose.
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La Romería de les Canyes en la Fiesta de la Magdalena
Estas ahora en el corazón espiritual de todo esto late el domingo siguiente al inicio de las fiestas. Tomas una caña —símbolo simple, gesto poderoso— y avanzas junto a decenas de miles de personas hacia la ermita de la Magdalena, encaramada en el cerro donde estuvo el asentamiento original.
¿Por qué una caña? La tradición dice que los pobladores usaron cañas del río para guiarse en ese primer traslado nocturno de 1252. Repetir ese movimiento año tras año no es teatro: es memoria encarnada, historia que se convierte en experiencia física.
Durante el trayecto, la conversación fluye con la misma naturalidad que el paisaje. Suenan dolçainas y tambores, el entorno urbano se abre hacia el monte, y algo en tu cuerpo entiende lo que tu cabeza todavía procesa. El regreso, ya por la tarde, baja con otro ritmo: más pausado, más íntimo, como si la ciudad necesitara ese silencio para volver a ser la de siempre.
Gaiatas: cuando cada barrio levanta su propia luz
Si la romería apela a la memoria, las gaiatas apelan directamente a los sentidos. Estos monumentos luminosos —uno por cada sector de la ciudad— reinterpretan los faroles que, según la tradición, alumbraron aquel traslado fundacional. Cada estructura es una obra colectiva: meses de diseño, artesanía y tecnología que se revelan al mundo en el desfile nocturno.
Cuando cae la noche y el cortejo avanza por la avenida, el efecto es difícil de describir. No es un simple espectáculo de luces. Es una conversación entre el pasado y el presente, hablada en destellos. No necesitás conocer cada símbolo para sentirlo; basta con dejarte llevar por esa corriente brillante que habla de pertenencia.
Enfarolà del Fadrí: la torre que une cielo y memoria

En la plaza Mayor se alza El Fadrí, el campanario exento de la concatedral de Santa María, una de las torres góticas más singulares del arco mediterráneo español. Durante el resto del año, sobria y vertical, preside la ciudad con discreción. Pero durante la Magdalena, la Enfarolà lo transforma: una cascada de luz lo reviste de pies a cabeza y lo integra al lenguaje festivo que lo rodea.
Te detienes. Miras hacia arriba. Y entiendes sin que nadie te lo explique: iluminar el camino es el hilo que cose todos los actos de esta semana. Lo hicieron en 1252 con cañas y faroles. Lo hacen hoy con luces y multitudes.
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¿Qué más encontrarás durante los nueve días de la Magdalena?
La agenda se extiende más allá de los tres momentos icónicos. A lo largo de la semana hay conciertos, exhibiciones de folclore, actos institucionales y propuestas gastronómicas que te permiten entrar a la festividad desde distintas puertas. Puedes vivir la Magdalena como espectador o como participante activo; la ciudad te da las dos opciones sin que tengas que elegir una sola.
Para quienes viajan con interés en el turismo religioso y cultural, esta fiesta ofrece algo que va más allá de la agenda: la posibilidad de caminar junto a una comunidad que narra su origen sin solemnidad excesiva, con orgullo genuino y sin artificios para el visitante.
Cuando te despides, lo que te llevas no es solo el recuerdo de una fiesta espectacular. Te llevas la sensación de haber recorrido un relato encendido, donde la fe, la memoria y la luz dialogaron en cada paso que diste. Y eso, una vez que lo vivís, no se olvida fácilmente.
por Miguel Cabrera Periodista especializado en turismo religioso
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